Fotos y Review por: Mauricio Montaño
El pasado 14 de octubre, estuvimos presentes en la esperada visita de Guns N’ Roses, la legendaria banda originaria de Los Ángeles, como parte de su tour Because What You Want & What You Get Are Two Completely Different Things. Con un setlist extenso de casi 30 canciones, el grupo repasó lo mejor de su carrera en una noche que quedará grabada en la memoria de miles de fanáticos.
Desde temprano, la fila frente al recinto se llenó de pasión y anécdotas. Allí conocimos a Érica, una fan argentina con más de 25 shows de los Guns en su historial, quien viajó especialmente para verlos en Chile, además de los dos conciertos en Buenos Aires y uno en Florianópolis, casi completando su Nightrain Passport. También se sumaron seguidores de Colombia, Perú y Bolivia, demostrando que el espíritu de la banda trasciende fronteras.





La espera se amenizó entre historias compartidas, aunque no estuvo exenta de complicaciones: la organización falló al no respetar la señalética anunciada días antes. La apertura de puertas se retrasó y el calor se hizo sentir. Afortunadamente, el personal distribuyó agua para evitar golpes de calor, aunque algunos asistentes debieron ser retirados por malestar.
La banda La Mala Senda fue la encargada de abrir la jornada con una presentación sólida que logró encender al público. Luego, una original animación de aliens en las pantallas preparó el terreno para el plato fuerte: ver a Guns N’ Roses en todo su esplendor. Entre risas, los fans disfrutaban cómo un pequeño marcianito intentaba llegar a la cima sin éxito, un detalle visual simpático antes del estallido rockero.
Cuando llegó el momento del show principal, el intro se escuchó sin sonido —solo la guitarra de Slash rompió el silencio—, marcando el inicio de una velada cargada de energía con “Welcome to the Jungle”. A partir de ahí, la banda desató una seguidilla de clásicos: Mr. Brownstone, It’s So Easy, Live and Let Die, You Could Be Mine, y un homenaje al gran Ozzy Osbourne con una potente versión de Sabbath Bloody Sabbath.
El bajista Duff McKagan tuvo su momento interpretando New Rose, mientras que Slash hizo lo que mejor sabe: robarse el show con un solo de guitarra magistral, digno de las leyendas.
La emoción alcanzó su punto más alto con “Sweet Child O’ Mine” y “November Rain”, dos himnos que estremecieron al público. En la penúltima canción, Axl Rose sacó su icónico silbato para iniciar Nightrain, transportándonos directamente a los gloriosos años 80. Finalmente, la noche cerró con “Paradise City”, coronando un espectáculo de casi tres horas de rock puro que unió a varias generaciones bajo el mismo grito: Welcome to the jungle!
Luces y sombras del show
No todo fue perfecto. La organización del ingreso fue deficiente, el intro sin sonido generó desconcierto, y en algunos momentos la voz de Axl se perdió entre los cortes de audio. Además, el espectáculo careció de efectos visuales como pirotecnia o confeti, recursos que la banda sí utilizó en giras anteriores, como la de 2014.
Comparado con shows recientes —por ejemplo, Green Day, que ofreció una puesta en escena vibrante y visualmente poderosa—, Guns N’ Roses se apoyó más en su legado musical que en el despliegue escénico. Si bien eso bastó para encender a los fanáticos, un refuerzo en la producción visual habría elevado la experiencia. El público chileno se mostró menos encendido que el argentino, lo que también afectó la atmósfera.
Aun así, ver a Guns N’ Roses con tanta fuerza y vigencia fue un privilegio. La banda demostró que sigue siendo una de las más grandes en la historia del rock, y nos deja con la esperanza de que pronto llegue un nuevo álbum que continúe escribiendo su leyenda.
























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