Fotos y Review: Carolina Arcoverde
a noche comenzó con una explosión de energía y actitud gracias a Poppy, quien se encargó de abrir el espectáculo con una presentación tan intensa como hipnótica. La artista estadounidense desplegó su particular mezcla de metal industrial, pop experimental y performance visual, capturando de inmediato la atención del público chileno. Con temas como “Church Outfit”, “Concrete” y “Scary Mask”, Poppy combinó teatralidad, fuerza y una estética provocadora, demostrando por qué es considerada una de las propuestas más originales del rock alternativo actual. Su actuación fue el preludio perfecto: un escenario en llamas para recibir a una de las bandas más esperadas de la década.
Minutos más tarde, Santiago volvió a vibrar con la fuerza, la nostalgia y la intensidad que solo Linkin Park puede provocar. Tras años sin pisar suelo chileno, la banda regresó en una nueva etapa de su historia, marcada por el desafío de honrar el legado de Chester Bennington mientras forjan un camino propio. Y lo hicieron con una potencia que atravesó cada rincón del recinto, recordando por qué siguen siendo una de las agrupaciones más influyentes del rock alternativo moderno.





La gran interrogante de muchos era cómo sonaría esta nueva versión de la banda sin su icónico vocalista. La respuesta llegó de la mano de Emily Armstrong, quien asumió el desafío con una presencia escénica imponente y una voz que combinó garra, vulnerabilidad y respeto por la esencia del grupo.
Sin intentar imitar, Armstrong entregó interpretaciones intensas y personales en temas como “Numb”, “Crawling” y “Breaking the Habit”, logrando que se sintieran familiares pero a la vez renovadas. Su timbre áspero y emocional se fundió con la fuerza instrumental del resto de la banda, generando un equilibrio perfecto entre pasado y presente.







El sonido fue impecable: cada riff, base electrónica y golpe de batería se sintió con nitidez y profundidad. La comunión con el público fue total: miles de voces corearon himnos como “In the End”, y “Somewhere I Belong”, “What I’ve Done”, en un viaje que mezcló euforia y emoción contenida. Más que un concierto, fue un reencuentro emocional, un puente entre la memoria colectiva y el renacimiento artístico de la banda.
Linkin Park demostró que no busca borrar su historia: la abraza, la honra y la transforma.
Si este concierto fue una muestra de su nueva etapa, el futuro de la banda promete ser tan intenso y auténtico como su legado.


Deja un comentario